Sumercé, yo cuido este ranchito

Sumercé, yo nací hace 400 años, o eso dicen los doctores. La verdad es que mi memoria ya no recuerda hace cuanto estoy por estos lados, en uno de los miles de kilómetros que conforman el páramo más grande del mundo, como le llaman a mi rancho. 

Aunque mi memoria es imprecisa y todos los recuerdos no los logro atrapar, sí sé que he sido testigo de las diversas luchas, clases, presiones e intereses sociales de mis vecinos en este páramo. Pero… no nos vayamos de inmediato a esas anécdotas, primero hablemos de quién soy.

Mi primer recuerdo me cuesta, sumercé, pero si no me equivoco, fue cuando mi familia me bautizó: me llamaron “El Menor”. Decían que era el nombre más descriptivo para aquel entonces, pues apenas tenía seis o siete centímetros de alto, mientras mis familiares ya medían uno o dos metros.

Si sumercé va y mira esas épocas, notará que mis familiares eran altos y fuertes, aunque unos eran más flacos que otros, incluso otros más marchitos que otros. Pero eso sí, todos teníamos la misma función.  Mi mamá, que en paz descansé, me decía:

– “hijo, tú debes soportar el frio para convertirlo en vida”,

Yo no entendía nada, no sabía a qué se refería, pero a lo largo de los años lo fui entendido y comprobando, tanto que hoy algunos me llaman “El Guardián de la Vida”.

Sardinos, ustedes se preguntarán cómo puedo yo, una simple mata, conservar la vida. Bueno, es parte de lo que les quiero contar. Dicen los doctores que los nacimientos de agua están cada vez más amenazados y con ello,  la subsistencia de todos los seres vivientes está en riesgo. No hay mata que sobreviva sin agua, no hay animal que se hidrate sin agua y sobre todo, no hay ser humano que piense ni sienta sin agua.

Y en toda esta escala, mi ranchito, el Páramo de Sumapaz, es muy importante para el sustento de miles y miles de seres vivientes, y ojo que no hablo de solo  ustedes los humanos.

¿Sumercé, va quedando todo más claro? Bueno, continúo que no deben tener mucho tiempo para escuchar mis memorias:

Yo junto a mis nuevos familiares, todos menores que yo, estamos en la tarea agotadora y reconfortante de conservar el agua. Con nuestro tronco, lleno de diversas capas y nuestras hojas secas o florecidas, recogemos la baja temperatura de acá arriba y la conservamos para que, de aquí, de este viejo y arrugado cuerpo, salga agua.

Algunos vecinos nos han llamado incluso esponjas. Recuerdo la historia de la señora Vitelmina. Ella solía venir con su hija desde Pasca y cuidaba un poco de nosotros. Siempre les decía a sus invitados: “miren, las esponjas naturales” y en efecto, eso parece que somos.

Mire,  sumercé, la cosa es sencilla: con nuestro cuerpo recogemos la neblina y algunas veces soltamos agua desde nuestras hojas, gota a gota. Otras veces, desde nuestro tallo si haces un poco de presión  obtienes agua y otras veces, desde nuestras raíces alimentamos todo lo que los doctores llaman subsuelo, que poco a poco se va convirtiendo en ríos, riachuelos o incluso lagos.

No es una tarea fácil,  sumercé. Siempre estamos expuestos a muy bajas temperaturas, y ustedes sardinos creerán que es normal los fríos para mí y mi familia, pero no es así. Es verdad que podemos conservar calor en nuestro interior, pero cada vez los vientos son más fuertes y fríos, por eso, y otras razones es que cada vez es más difícil la conservación de nuestros familiares. Algunos doctores dicen que todo eso es muestra de lo que llaman el “calentamiento global”, ¡Dios me libre!.

¿Recuerda sumercé que le mencioné que había sido testigo de los distintos intereses y luchas de los humanos en mi ranchito?, bueno pues, les cuento:

Hace como treinta o cuarenta años, un grupo de señores vestidos de un color verdoso y café, con botas y una gran maleta donde llevaban incluso armamento, cortaron y cortaron a muchos de mis familiares para utilizar sus ramas en el suelo, uno de ellos le explicaba a otro “es que está planta ayuda a que no nos vayamos a morir de frío”. Por ese acto de supervivencia, mis familiares fueron destruidos, pues nuestras hojas y troncos hacen el mejor colchón.

He escuchado por acá a muchos señores y señoras que nos visitan vestidos de ruana, algunos con sombreros, pero eso sí, todos con botas de caucho, que vienen y dicen que nosotros estamos cada vez más expuestos a la muerte, parecen voceros del diablo predicando nuestro fin, pero eso sí, aunque sus palabras son temerosas, ellos vienen y nos cuidan, incluso algunos tocan nuestros tallos y nos piden perdón.

Una vez vino un señor alto, flaco y con bigote, vestía de una ruana negra, tenía sus cachetes rojos, de su nariz y boca al respirar o hablar, salía un viento blanco. Este señor tocó mi tallo y me dijo “perdón, yo no sabía que lo que hacía era malo, era para nosotros algo normal y hasta divertido…perdón”.

Yo no tenía ni idea a qué se refería el señor, pero afortunadamente al lado de él estaba un acompañante, quien al parecer estaba igual de confundido que yo y le dijo:

–       ¿Don Alexander por qué le pide perdón?

 A lo que Alexander le respondió:

 – Mijo, lo que pasa es que cuando yo era muy joven y vivía en la parte alta de Cabrera, con mis amigos de infancia jugábamos a quemar matas. Algunas veces lo hacíamos por diversión, pero otras cuantas eran nuestros padres quienes nos decían que lo hiciéramos.

Por supuesto que ahí entendí con exactitud a qué se refería Don Alexander. Ya hace unos buenos años, el águila, aquel animal que ya poco viene a visitarme, me dijo:

–       Hay unos lugares donde esos señores están quemando todo, luego esperan que se seque y empiezan a traer animales con manchas negras, luego a esos animales le extraen líquido blanco y a otros los matan para ofrecer sus cuerpos a señores de otros sitios.

Anécdotas como estas, de arrepentimiento, hay por doquier: mire, sumercé; una vez vino una señora llamada Viviana, ella vive ahora en Pasca, pero antes, hace unos años, vivía acá en el barrio.

Doña Viviana vino con dos pequeñines, uno de 3 o 4 años, muy inquieto y juguetón, y una niña de 7 u 8 años, muy atenta e inteligente. Doña Viviana era la mamá de esos dos muchachitos y les estaba advirtiendo de algo, mi memoria ya no me permite recordar las palabras exactas, pero les decía algo así:

–       “Hay juegos de juegos, hay creencias de creencias, pero todo con el tiempo se debe pensar. Tú crees que estar corriendo y saltando acá sobre este pasto verde y clarito es normal, pero debes de pensarlo muy bien, de pronto, sin darte cuenta le estás haciendo daño a un ser vivo”.

Recuerdo que el hijo en ese momento dejó de saltar, agrando los ojos y dijo “pero mamá, como voy a hacer daño si estoy es jugando”.

A lo que doña Viviana le respondió:

–       Mira, hijo, yo a tu edad, con los amigos que tenía en La Unión, jugábamos a coger impulso y empujar a los frailejones más grandes, si tu cogías la suficiente fuerza, seguías derecho con el pobre arbolito y lo tumbabas al suelo. Eso para nosotros era ganar, pero en realidad, estábamos dañando la vida de esta mata.

 El juego era divertido porque a veces, cuando no cogías mucho impulso y el frailejón pesaba más, este se inclinaba un poco pero luego regresaba a su puesto, lo cual hacía que tu tomarás mucho impulso y salieras volando. En ese caso decíamos que perdíamos, pero en verdad ganábamos, pues el frailejón nos pedía un poco de vida.

Sumercé, se preguntará si le guardó rencor a doña Viviana, o a don Alexander, o los señores de las botas negras, y la verdad es que no, creo que todos actuaron así sin querer hacer maldad.

Mire, doña Viviana lo hacía por diversión en su inocencia, don Alexander también por diversión o en algunos casos por seguir órdenes de sus papás, y estos señores de botas negras por pura supervivencia, entonces, ¿si nadie tenía maldad en su corazón porque voy a tener que llevarles rencor? Prefiero perdonarlos y confiar en que ellos, ahora, están haciendo esfuerzos para conservarme a mi y mis pocos familiares menores que quedamos en el ranchito.

Y de hecho es así, si sumercé viene por estos lados, pregunte por el Batallón de Alta Montaña de Las Águilas, allá viven esos señores que visten de camuflado y con botas negras. Ellos ahora vienen acá al rancho, recogen unas hojas de nuestros tallos y las llevan a ese lugar. Luego vuelven y plantan esa hoja convertida en un familiar pequeñito.

Otro ejemplo es en Pasca, aquí no más. Allá hay unos señores que los llaman Guchipas, es una Fundación, algo así. Bueno, ellos con la comunidad están trabajando muy fuerte por conservar no solo a nosotros los frailejones sino también a todo el ecosistema del Páramo, paramillo y demás, mejor dicho, ellos si que están conservando toda la región del Sumapaz.

Así me puedo quedar contando más historias, y eso es muy bonito, es pensar que por fin todos estamos mirando pa’ el mismo lado, a conservar este ranchito y consigo el de todos. Poco a poco los vecinos han ido entendiendo que entre todos y todas nos cuidamos, y si entre todos lo hacemos, vivimos más felices, más tranquilos, como en más armonía. Hay que seguir apostándole a eso sumercé, porque yo ya con estos años que tengo encima no duraré mucho más. Así que… ¡la responsabilidad les queda a ustedes!

 

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